La pirámide de edades en los países desarrollados

Si en el post anterior hablaba de países emergentes y población, hoy voy a concentrarme en los países desarrollados y su pirámide de edades.

Uno de los puntos fuertes de los países emergentes es su bono demográfico. Es cierto que países como Rusia o China no lo tienen (en un reciente número del The Economist hay un interesante artículo estudiando el caso chino). En los países desarrollados, por el contrario, la evolución de las pirámides de población plantea retos muy fuertes cara al futuro.

Comencemos con Europa y recordemos que, de acuerdo con un informe de la Unión Europea del año 2006, en Europa (la Europa de los 25) en el año 2050, de acuerdo con las tendencias actuales:

  1. La población en edad de trabajar disminuiría en 48 millones de personas (de 307 a 259 millones).
  2. La población de más de 65 años se incrementaría en 58 millones (de 75 a 113).
  3. La tasa nominal de dependencia pasaría del 25,4% actual al 51%. La tasa real de dependencia llegaría al 73%.

Supuesta todas las demás variables constantes, pensemos qué significaría si estos «gaps» se cubriesen con inmigración:

  • Lógicamente para mantener constante el número de trabajadores, significaría que hasta el año 2050, se necesitaría un flujo migratorio de trabajadores de 48 millones.

    Dado que no es previsible que la emigración sea estrictamente de personas trabajadoras (sino que debemos incluir un cierto acompañamiento familiar) es por lo que en el trabajo del Comité liderado por Felipe González se hablaba de un flujo de emigración, para cumplir con el objetivo arriba señalado, de 100 millones de personas para el año 2050.

    Para tener otra referencia, el número de nuevos trabajadores necesarios para mantener el nivel de la tasa nominal de dependencia sería de 106 millones de nuevos trabajadores (24% de la población).

La cuestión con este tipo de análisis es que conteniendo unas figuras impactantes, se ubican en la lejanía geográfica (Europa como un todo) y temporal (el año 2050). Sirven para sensibilizarnos para la reforma de los esquemas de pensiones, pero no nos vemos afectados en nuestra vida más cercana.

Para conseguir esa mayor cercanía «psicológica», me pareció especialmente interesante un papel de ORKESTRA que estuve leyendo con motivo de la preparación de una presentación en CEBEK en Bilbao la semana pasada.

En él se realizaba un análisis pormenorizado de la evolución demográfica de España y el País Vasco (es decir, con cercanía geográfica) en la década actual, en el período 2010 – 2020 (cercanía temporal). Sus conclusiones son :

  • En esta década, en España, la caída del número de personas en edad de trabajar sería del 1,6%.

    Pero esa caída global oculta diferencias importantes de tramos de edades. Así, el número de personas entre 25 y 34 años caerá en esta década en España ¡un 27%¡. El tramo entre 35 y 44 lo hará en un 3%.

    Dado que los distintos tramos de edades tienen distintas tasas de actividad, y supuestas estas constantes, significa que la caída de la población laboral en España sería del 3,5%.

  • La situación de Euskadi (ante el menor flujo migratorio pasado) sería más radical. La caída del número de personas en edad de trabajar sería del 8,6% (de hecho concentraría el 25,2% de la caída del conjunto de España) y del 12,3% en la población activa.

Creo que una reflexión sobre estas cifras van más allá de los efectos económicos en los esquemas futuros de pensiones y sanidad. Nos hace pensar en el modelo de sociedad que queramos construir y los modelos vitales con los que queramos vivir en un futuro, que está muy cercano. Los cambios van a ser tan rápidos y profundos que cuanto antes iniciemos esta reflexión, mejor. Y lo debemos hacer desde la actitud positiva de tener horizontes temporales vitales mucho más largos… lo cual, sin duda, es una gran noticia.

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Los cambios de fondo

Dentro de los aspectos del entorno que están teniendo –y van a tener- una influencia decisiva en el comportamiento de los agentes económicos a nivel mundial, además de la globalización y la modificación de la estructura geográfica de la generación de riqueza, me gustaría hacer referencia a los cambios, o propuestas de cambio, de valores en la sociedad, porque indudablemente, están afectando a los agentes económicos y al gobierno de las empresas.

Este es un tema de fuerte calado, pero que quiero, al menos, enunciarlo, porque creo que va a tener efectos radicales en el futuro. Para ello, estructuraría esta problemática en tres vectores:

  • El primero hace referencia a los objetivos de las empresas. ¿Sigue siendo el valor del accionista el objetivo que debe guiar a los gestores? ¿Cómo entran en la ecuación los stakeholders? Este es un tema de gran calado, que ha sido puesto encima de la mesa con gran énfasis como consecuencia de la crisis, y que, sin ninguna duda, será un tema de debate en los próximos años.

    En mi opinión, al menos para las grandes empresas cotizadas, el objetivo de creación de valor con una perspectiva temporal amplia, y dentro de criterios estrictamente éticos, es difícilmente sustituible, al menos en el mediano plazo.

    Porque, por un lado, incorpora y recoge el interés de los stakeholders en una perspectiva temporal amplia, y, por otro, porque la indefinición o la falta de clarificación de objetivos llevaría a lo que podríamos llamar la irresponsabilización del Management.

    A no ser –y eso me parece irrealizable en el corto/medio plazo- que este indicador fuera sustituido por otros suficientemente consensuados, compartidos y cuantificables.

  • En segundo lugar, creo que es necesario hacer referencia a los conceptos asociados con la sostenibilidad. Es un campo muy amplio, que sin duda se va a desarrollar fuertemente en los próximos años. Pero algunos efectos son ya inmediatos. La sostenibilidad está hoy relacionada con el riesgo reputacional.

    En buena medida es una restricción del modelo. El ejemplo de BP en el golfo de México es el más evidente, pero hay otros menos conocidos, pero que han incidido de forma decisiva en la estratégia de ciertas empresas. Por ejemplo, en el sector textil.

    Mi punto es que la sostenibilidad en el futuro, lejos de ser una restricción del modelo, será una fuente de oportunidades de creación de valor para aquellas compañías que entiendan las dinámicas de esta evolución.

    Y ello no solo en los sectores cuya cercanía es más evidente con estos temas, sino también en sectores tan aparentemente alejados como es, por ejemplo, el Sector Financiero.

  • En tercer lugar creo que conviene reflexionar sobre las crecientes demandas sociales de transparencia y comportamientos éticos. La transparencia y la ética no es lo mismo. La transparencia no es un fin en sí mismo, sino un medio –y solo un medio- para juzgar el carácter ético de los comportamientos.

    El impacto de estas exigencias creo que va a ir mucho más lejos de los dos puntos que hoy se están focalizando, y que desde luego, son muy relevantes: La gobernanza y las retribuciones.

    Pero creo que su efecto va a ser mucho más amplio en el futuro y que afectará particularmente a las empresas multinacionales.

    En los últimos años ya estamos viviendo el efecto de estas exigencias. Así, hoy es un tema asumido conceptualmente que estas empresas deben tener los mismos códigos de comportamientos en los distintos países en los que trabaja. Esto era impensable hace tan solo 15 años. Y en los próximos habrá una presión irresistible para que esa asunción conceptual pase a ser una realidad.

    Pero esto no se va a quedar aquí. Pensemos que muchas de estas empresas tendrán sus fuentes de negocio y crecimiento en países emergentes, mientras sus «centrales» estarán en países desarrollados. ¿No va a tener esto un efecto en la forma de gestión?. Mi opinión es que sí. Vamos a ver fuertes tensiones dialécticas en muchos campos. Desde la legislación local vs. la gestión global, hasta los conceptos de responsabilidad corporativa diferenciada según la realidad de los países, pasando por la composición de un management y unos Consejos que deberán responder cada vez más a la estructura geográfica del negocio.

En definitiva, vivimos en un mundo de cambio exponencial, crecientemente globalizado, con una modificación acelerada del equilibrio económico y político a nivel mundial, en un contexto en el que el replanteamiento de valores tiene un impacto radical en los agentes económicos, que deben enfrentarse a unos retos de definición y gestión cualitativamente distinto –y más complejos- de los que habían vivido en el pasado.

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