Responsabilidad individual

No se puede ocultar que la situación que hoy tiene la economía española es muy seria -es más, creo que es muy importante decirlo con gran claridad para propiciar la necesaria catarsis-, y los retos que tenemos por delante para construir una sociedad capaz de crear riqueza para sus individuos son muy exigentes.

Pero también hay que decir que en estos momentos de cambio que está viviendo el mundo, con la consiguiente ruptura del status quo, las oportunidades para países medios que entiendan estas dinámicas son muy importantes.

Y la crisis que estamos viviendo también, es una oportunidad si tenemos la visión de no ver solo el corto plazo. Solo en una situación como ésta se pueden suscitar temas que en situaciones de aparente bonanza, no son atajados, y cuya falta de gestión llevan a un lento pero inexorable declive, como el que estábamos viviendo.

Pero para que este optimismo no sea ingenuo, se requiere una vigorosa reacción por parte de los individuos, de cada uno de nosotros. Y esto me da pie para hablar del papel de la Sociedad.

En este sentido, quisiera empezar señalando, que la reacción a la que antes hacía referencia debe basarse en el entendimiento de los tiempos que nos ha tocado vivir, y enfrentarnos a ellos con realismo, pero también con ilusión y ambición.

La ilusión y la ambición de construir una sociedad que avance y que cree riqueza y crecimiento. Todo lo contrario al abatimiento que cocentra únicamente sus energías en la distribución y el reparto de un pastel que de forma fatalista se piensa que será necesariamente cada vez más pequeño.

Y esta ilusión y ambición pasa por asumir cada uno su responsabilidad personal, por aplaudir la meritocracia y por apoyar la iniciativa personal frente a posiciones (que de nuevo de forma fatalista) piensan que solo la tendencia a la media debe ser la aspiración de los individuos.

En las últimas décadas he visto con preocupación un cierto movimiento hacia la irresponsabilidad personal en nuestra sociedad, en nuestras empresas. Dicho de otra forma, un movimiento en que las personas no sienten que su aportación individual es clave para el éxito del proyecto en el que están trabajando. Y esto es grave, no solo por su obvio impacto económico, sino también por el impacto social.

Este tipo de actitudes conducen a trasladar a otros la responsabilidad de nuestro destino. Y si esos otros tienen esa responsabilidad, es lógico que defendamos nuestros derechos y olvidemos nuestras obligaciones. Al final esto nos hace confiar en alguien distinto a nosotros, los que “mandan” en la empresa… el papá Estado.

Veamos lo que ha ocurrido en esta crisis. Ante el derrumbe del sistema financiero primero y de la economía real después, los Estados han intervenido de forma decidida. Y eso fue bueno porque evitó un fuerte “crash”. Pero lo curioso es que la gente pensó que ya estaba, que ese era el nuevo equilibrio … que el Estado se encargaba de todo.

Y lógicamente, la realidad nos ha hecho despertar. Un despertar en el que la realidad del Estado me ha hecho recordar a la fábula del rey desnudo. Y es que el Estado, en el mejor de los casos redistribuye de forma eficiente pero, para la Sociedad como un todo es un juego de suma cero.

Y eso significa que si nosotros no nos echamos a la espalda la responsabilidad de crear riqueza, nadie lo hará por nosotros. Y ello nos conduce inexorablemente a poner de nuevo al individuo, a la persona, a cada uno de nosotros en el centro.

Nuestra responsabilidad personal es indelegable, nuestra aportación personal es la fuente de creación de riqueza (sea cual sea nuestra posición) y no debemos caer en el efecto “adormidera” de los otros, de las medias, de la Sociedad, de los políticos, del Estado….

Esta recuperación de valores me parece que está en el centro de la creación de una Sociedad próspera, más allá de las technicallities de las que hemos venido tratando anteriormente.

Y quiero enfatizar que poner el foco en la responsabilidad personal de todos y cada uno de los ciudadanos, no va en contra del concepto de cohesión social. Todo lo contrario, porque no hay cohesión social posible si no entendemos primero la responsabilidad de cada ciudadano. No hay cohesión social posible en una Sociedad cuyo único rumbo sea la asunción fatalista de su empobrecimiento y decadencia.

He utilizado varias veces la palabra fatalismo. El fatalismo es una de las peores consecuencias de la falta de creencia en el individuo y la responsabilidad individual. El fatalismo supone depositar nuestra confianza “en otros”, depositarla “en los que tienen que solucionar nuestro destino”. El fatalismo es cómodo y útil para la autojustificación, pero es letal para la acción y la creación de un futuro próspero.

Una sociedad próspera debe asumir que el futuro no está escrito, que
el futuro lo definimos nosotros, que no depende de fuerzas superiores inentendibles, sino de nuestra actividad, nuestro esfuerzo y nuestro compromiso. Sin esta premisa, todos los demás retos se nos mostrarán lejanos e inabarcables.

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