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Tensiones generadas

Efectivamente, la distinta senda de crecimiento entre los países desarrollados y los emergentes ayuda a una mayor equidad en el mundo. En este sentido, la globalización, en aquellas áreas a las que ha llegado, ha supuesto una gran creación de riqueza y una base (necesaria, no suficiente, como hemos visto por los desempeños de las distintas regiones) para luchar con éxito contra la pobreza.

Pero este proceso está generando tensiones, tanto desde el punto de vista económico, como desde el político. Son las tensiones lógicas en un mundo que está asistiendo a un cambio en los equilibrios de poder.

Las tensiones económicas tienen su referencia principal en los desequilibrios de las balanzas de pago.  Con alguna excepción significativa, podríamos decir que en las últimas décadas hemos asistido a la conformación de un modelo de crecimiento en el que los países desarrollados están mostrando amplios déficit de cuenta corriente, mientras que los emergentes tienen grandes superávit. Esta situación, además de generar flujos financieros desequilibrados a nivel global, generan reacciones proteccionistas generalizadas.

Los países desarrollados se quejan de los niveles de los tipos de cambio, pidiendo revaluaciones de las monedas de los países emergentes que no permiten la flotación libre de sus divisas (el ejemplo más evidente es el remimbi). Estas denuncias (especialmente visibles a partir de la crisis) tienen especial fuerza en situaciones económicas precarias con altos niveles de desempleo.

Por su lado, los países en desarrollo concentran sus quejas en una doble esfera.

En primer lugar, en las políticas proteccionistas de los países desarrollados.

Algunas de estas quejas (bien documentadas por cierto) vienen de lejos y se centran en los aranceles y cupos de los países desarrollados en materia agropecuaria. No es de extrañar. Se ha calculado por parte del Banco Mundial que las barreras proteccionistas en estas mercancías por parte de los países desarrollados, tienen en el mundo emergente un impacto del orden de 150.000 millones de dólares. Los aranceles en agricultura suponen hoy un sobreprecio del 60% en Japón, un 40% en Europa y 20% en USA.

En segundo lugar, y ya más desde un punto de vista financiero, los países emergentes se quejan de las políticas monetarias expansivas americanas (quantitative easing) que -argumentan- llenan el mundo de dólares con la pretensión de devaluar la moneda creando, además, una fuerte inestabilidad.

Es lo que conocemos como la guerra de divisas que de vez en cuando aparece y desaparece de los medios de comunicación, como si fuesen fenómenos discretos y puntuales, pero que, en realidad, es un debate de fondo que nos va a acompañar durante mucho tiempo.

Lo peor de estas discusiones, es que están despertando movimientos proteccionistas en todos los países. Sería muy malo para el mundo que triunfasen, porque supondría una caída inmediata del potencial de crecimiento global.

La plasmación de estas tensiones es la incapacidad de los países en cerrar con acuerdos la Ronda de Doha (acuerdos de Libre comercio).

La Ronda de Doha, lanzada tras la creación de la OMC (Organización Mundial del Comercio), nos sirve también como ejemplo de la mayor complejidad de gestión política en el mundo. La ronda de Doha está siendo mucho más compleja que, p.e., la de Uruguay porque en esta negociación se contemplan más productos, (y servicios) pero sobre todo porque se han incorporado nuevos países (en desarrollo, todos ellos) que quieren hacer valer su voz con posiciones mucho más firmes.

Pero no es el único ejemplo de tensiones en el reparto de poder a nivel mundial. Pensemos en las dinámicas que hemos visto en las reuniones del cambio climático, o la “insólita pretensión” de que un mexicano dispute a una europea la gerencia del Fondo Monetario Internacional, por no hablar del decadente peso del G-7 (pasado por arriba por el G-20, o por abajo por el G-2 que propuso el Presidente Obama en su primer viaje a China).

Son los nuevos tiempos en los que son perfectamente entendibles todas las posturas, pero no nos hemos de olvidar que cuando tratamos sobre estas tensiones, estamos hablando también del reparto de la riqueza en el mundo, y de la evolución de la pobreza en el planeta. No son discusiones inconexas. Sobre este tema versará mi siguiente post, que será el último de esta serie.