El auténtico origen del problema

Termino esta serie de posts sobre la situación financiera internacional, que está coincidiendo con nuestra presentación de Garum Fundatio en Latinoamérica, desde Perú (ayer estuvimos en Chile), país por el que tengo un especial cariño, y que siempre me acoge tan bien. En esta ocasión no ha sido una excepción.

Como anticipé en un post anterior, hoy voy a reflexionar sobre un aspecto de la crisis -la securitización- que es un poco más técnico. La razón para hacer de este punto es porque la crisis financiera que estalló hace cuatro años se diferencia de las anteriores, además de por su carácter global, fundamentalmente por dos razones. La primera, por el protagonismo de la securitización (que tiene su origen en la generalización de la idea de que el riesgo de crédito es una commodity) y la segunda, por el arbitraje regulatorio (no tanto entre Bancos y Hedge Funds o Private Equity Funds, como entre los Bancos y sus subsidiarias).

De hecho, la combinación de ambos conceptos está en la base de la exuberancia de los modelos de «originar para distribuir» que, sin un control regulatorio y/o de supervisión suficiente, nos condujo a la crisis financiera cuyos efectos en la economía real estamos sufriendo hoy.

En mi opinión para evitar que este tipo de crisis vuelvan a ocurrir se requieren cambios regulatorios en un triple sentido. En primer lugar, asegurar que existan incentivos claros y suficientes para que los originadores de las operaciones, posteriormente distribuidas, se responsabilicen de su buen fin. En segundo lugar, regular el tipo de activos (préstamos) securitizables. Finalmente, evitar el riesgo de arbitraje regulatorio.

Sin embargo, tengo la impresión de que estos aspectos, algunos de los cuales se contemplan en la Dodd-Frank Act, no están siendo desarrollados con la suficiente velocidad e intensidad. Y, además, en todo caso, esta iniciativa estadounidense, de momento, no está teniendo eco en otras geografías.

Concebir el riesgo de crédito como una commodity es la base que nos permite hacer paquetes de operaciones con nivel de riesgo «similar», a través de un aparataje matemático aparentemente muy potente. Estos paquetes cuyo riesgo está «prefijado» con el contraste de una agencia de rating, tienen vida propia en el mercado, es un producto –mercancía perfectamente objetivable con vida y valor independiente.

En la vida real sabemos que para cualificar una operación de riesgo no es suficiente valorar su riesgo solo en el momento de la concesión del crédito. Y ello no solo porque la evolución de las circunstancias del entorno tiene un claro impacto en el riesgo que conlleva (circunstancia que, al ser general, podría ser valorada por el mercado), sino, sobre todo, porque la gestión de todo el ciclo de la operación tiene un efecto determinante en su resultado final.

Cualquier persona con experiencia real en banca, sabe que la calidad del seguimiento de una operación y los procedimientos de recobro tienen un impacto decisivo en el éxito de la misma. La originación es solo parte de la gestión del riesgo. Dos operaciones de similares características concedidas por dos instituciones cuyos procedimientos de seguimiento y recuperación sean diferentes, tendrán un resultado (conllevarán un riesgo) muy dispar.

Dado que es imposible hacer una auditoría permanente de los procedimientos de las instituciones cuando se tituliza un préstamo, la única manera que tenemos de evitar desastres como los que hemos vivido es asegurar un alineamiento de intereses entre el originador y el inversor final del activo. Y esto solo puede conseguirse si el originador tiene un claro incentivo en la gestión de la operación hasta el cobro final de la misma.

Traducido a la práctica significa que en los procesos de titulización, el emisor debe retener el riesgo en un porcentaje significativo. La Dodd-Frank Act establece un intervalo de hasta el 5%.

Para valorar su idoneidad debemos tener en cuenta que el riesgo a mantener por el originador debe relacionarse con dos conceptos. El primero, la posible pérdida por impago que debería soportar el generador de la operación si lo hubiera mantenido totalmente en sus libros, y el segundo, el coste del mantenimiento de unas excelentes capacidades de seguimiento y recuperación que son, por definición, muy pesadas.

En determinadas actividades, parece que ese 5% no es suficiente para generar incentivos que eviten una originación no cuidada. De hecho, cuanto mayores sean los spreads de las operaciones (es decir, mayor sea su riesgo), menos incentivos tendrá el originador para soportar los gastos de gestión de la operación hasta su cumplimiento.

Pero es que además, los reguladores deberían marcar límites estrictos sobre los riesgos «paquetizables», porque la capacidad de standarizar paquetes de «riesgo similar» es inferior a lo que se nos quiere hacer creer. Y además estas limitaciones deben estar en función de la experiencia objetivamente contrastable de las entidades originadoras (en cuanto a entidades y/o en la actividad concreta del préstamo movilizable).

Y ello es así porque la capacidad predictiva de los scorings es limitada (tanto en particulares como, sobre todo, en empresas).

Los scorings sólo son buenos predictores cuando se cuenta con clientes (tipos de clientes) con características similares, de los que se tiene mucha información (porque, por ejemplo, son clientes bancarios que concentran su operatoria en una sola entidad) y para finalidades del préstamo contrastadas. En la medida en que se relajen estos supuestos, la calidad del scoring se empobrece rápidamente.

Los scorings no son modelos capaces de concebir comportamientos futuros, sino meras extrapolaciones de experiencias del pasado. Así, y lo hemos visto en la crisis, la capacidad predictiva sobre operaciones con clientes nuevos (o no bancarizados) para operaciones de nuevo cuño (promociones subprime) es muy baja. La elevada morosidad de las carteras subprime fue, desde este punto de vista, paradigmática, aunque hubo otros casos en el segmento de los créditos de consumo también ejemplarificadores.

Soy consciente de que la regulación sobre el nivel de riesgo retenido que se debe exigir a una operación securitizada y el acotamiento de las operaciones securitizables significa una fuerte limitación para el modelo de «originar y distribuir», pero la situación contraria genera unas asimetrías de intereses que conducen a la irresponsabilización de los originadores, lo que se ha demostrado que tiene efectos devastadores.

Pero esto, siendo un avance, no sería suficiente, porque junto a la regulación de los productos a distribuir, tendría que evitarse el riesgo de arbitraje regulatorio. Y esta sería la segunda parte del necesario cambio regulatorio.

Parece que se nos ha olvidado que el origen de la crisis estuvo en la creación, por parte de los bancos, de una pléyade de instrumentales donde éstos colocaban sus activos en unas condiciones de no regulación. Esto dio origen a sociedades infracapitalizadas y con evidentes descalces de liquidez, que solo conseguían sus altos ratings, porque había bancos detrás de las mismas, que aunque habían aliviado sus balances, se comprometían a hacer frente a eventuales requerimientos de liquidez. La realidad nos mostró que el volumen de activos movilizados era tal, que cuando esas facilidades comenzaron a ser utilizadas, los Bancos no pudieron hacer frente a las mismas.

Basilea III vuelve a centrarse en el capital, pero las normas de consolidación de riesgos, apenas se han modificado. Y ese fue el origen del problema.

La actuación de los reguladores en estos tres campos es compleja técnicamente, pero perfectamente manejable. Más difícil, seguramente, sería manejar a algunos lobbies bancarios que se opondrían con dureza a este tipo de medidas (cuanto más cercano sea el lobby a entidades que se basan en el modelo de “originar para distribuir”, más firme será su oposición).

Pero las ventajas de avanzar en esta línea son múltiples para la seguridad del sistema financiero, la transparencia de los mercados y el control del apalancamiento de los bancos. Aspectos todos ellos que están en el origen del desbocado proceso de creación de riesgo que vivimos en la conformación de la gran burbuja. Está bien que regulemos las posiciones propias en los balances, la liquidez o los bonus de los banqueros, pero sin ninguna duda, sería prioritario concentrarnos en regular las causas que fueron el auténtico origen del problema.

6 Comentarios

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  1. juan urrutia

    Da gusto que un banquero (no se pierde esta condición voluntariamente ni de repente) nos ilustre sobre las causas propiamente bancarias de la crisis financiera que ha devenido en la Gran Recesión. Pero, pensamos algunos, las causas de algo como lo que ha pasado en un sistema complejo como el sistema económico global actual no son solo las relativas a una parte importante de ese sistema como es el bancario. Habrá que seguir hasta las más mínimas pistas incluyendo las más esotéricas relativas a la incertidumbre generalizada que seguramente se refleja hasta en los nuevos ritmos bailables, por decir algo.

    • José Ignacio Goirigolzarri

      Totalmente de acuerdo Juan, el mundo cada día está más interconectado y las causas de las cosas, son cada vez más difíciles de discernir.
      Estoy seguro que, en todo caso, eso no te conduce a coincidir con las conclusiones expuestas por Greenspan en su último artículo de reciente aparición en el Financial Times.

  2. Mex

    Reguladas esas causas, aumentados los requerimientos de capital, etecetera…, sin duda, seguiran llegando otras burbujas y manias de precios en los activos. Entonces, otra vez, los más interconectados a todo los niveles, es decir, los sistémicos (los too big to fail), seguiran siendolo y habrá que volver a salvarlos. Muchos (Simon Johnson y otros) están diciendo que si no se les impide ser sistemicos abusarán de nuevo del moral hazard. Y tendremos burbujas, como siempre, pero más grandes y continuas.

    • José Ignacio Goirigolzarri

      Efectivamente las burbujas han existido y me temo que seguirán existiendo (como los ciclos). Lo que creo importante es que aprendamos de los errores de cada una de ellas, para que, por lo menos, podamos prevenir esas causas en el futuro (aunque haya otras, por lo menos evitar tropezar dos veces en la misma piedra). Ese era el objetivo de mi post.

      Respecto a los grandes bancos, creo que la generalización no es buena. No creo que sea sólo un tema de tamaño, sino de modelo y de gestión. Sobre este punto me gustaría reflexionar en un próximo post.

  3. Luis

    Acabo de “descubrir” este blog. Considero muy valiosa la aportación de alguien que conoce muy bien el negocio bancario. Ya iré leyendo poco a poco comentarios anteriores y animo al autor a que siga mostrando su saber hacer y conocimientos en este tema. Al final, parece como si la crisis fuese una especie de “soga o cuerda” en la que se entrelazan diversas crisis sin fin. A veces a uno le da por pensar si esto que pasa no cuestiona el sistema en su conjunto.

    • José Ignacio Goirigolzarri

      Muchas gracias, Luis, por el comentario.

      Respecto a la repetición de la crisis, pienso que los ciclos son consustanciales a la economía de libre mercado. En la pasada expansión, hubo mucha gente que pensaba que los ciclos eran cosa del pasado. La dura realidad, nos mostró cómo eso era una mera ilusión.

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