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Apuntes desde la crisis: un diagnóstico para España

Lo que es cierto, es que esta crisis –y en línea con lo que comentábamos en el post anterior– está teniendo una menor duración y menor impacto en los países emergentes y Asia que en los países desarrollados. Y dentro de los países desarrollados EEUU –con todas las dudas que se quiera- está teniendo una salida mucho más briosa que Europa (el PIB este año crecerá más del 3%).

La crisis –y los recientes acontecimientos de Grecia- han puesto de manifiesto el camino por recorrer en la gobernanza de Europa, pero sobre todo han puesto al descubierto las debilidades estructurales de Europa tantas veces comentadas, pero tantas veces olvidadas.

Por decirlo con el grupo de expertos que ha liderado Felipe González:

«La crisis ha alumbrado las debilidades estructurales que tienen la mayor parte de los países Europeos: Baja productividad, desempleo estructural, una falta de flexibilidad en el mercado de trabajo, una fuerza de trabajo con conocimientos no puestos al día y un pobre crecimiento»

Y esta necesidad de reaccionar es muy diferente a las anteriores etapas. Porque en el pasado, la gestión interna europea se realizaba en un entorno externo que se mantenía prácticamente estable. Hoy la situación como hemos analizado, no puede ser más diferente.

Viendo lo que se está moviendo en el mundo podemos valorar de verdad los retos que tenemos por delante en España. Estos retos son muy importantes. Esto no es un ajuste coyuntural y de corto plazo.

España tiene los retos propios de Europa a los que antes hacía referencia, pero además tiene sus propios retos. Esto está quedando meridianamente claro en esta crisis. El impacto de la crisis en España lo describía muy plásticamente David Taguas:

«Desde el inicio de la crisis los recursos internos en España se han reducido en un 10% (5% de déficit comercial y 5% de caída de PIB). El empleo ha disminuido en un 10% (2 millones de puestos de trabajo). Y el peso de la Deuda Pública sobre el PIB está subiendo a un 10% anual.«

A esta realidad –dura realidad- es a la que debemos enfrentarnos. En España tenemos un problema de falta de competitividad acumulada, un sector inmobiliario que ha sido el motor de los últimos años y que hoy está gripado y un tremendo endeudamiento con el exterior al que debemos hacer frente en un mercado cada vez más adverso al riesgo.

En esta situación, el gobierno ha reaccionado con un paquete de medidas que van en la dirección de tapar agujeros, es decir, en la dirección correcta. Obviamente, se ha tardado mucho en la toma de decisiones, pero no creo que sea bueno gastar energías discutiendo el timing. Es mejor pensar en el futuro. Y pensar en el futuro debe significar pensar en crear riqueza. Enfrentarnos al reto de crear riqueza en un mundo cambiante.

Concentrarnos exclusivamente en las recetas de corto plazo, centradas en los meros recortes solo conducen a la melancolía y, lo que es peor, a la deflación.

Y a la hora de analizar la situación yo tomo una visión empresarial. Todos sabemos que ante una caída abrupta de demanda lo primero, lo más acuciante, es ajustar costos. Pero inmediatamente hay que dar un paso más, porque detrás de estos cambios suele estar una modificación radical en la situación competitiva, lo que obliga a replantearnos nuestra estrategia en profundidad. La conclusión suele ser que debemos tomar medidas de alcance y efecto temporal diferente, pero que todas ellas deben ser implementadas si queremos salir fortalecidos de la situación. Todos hemos vivido en la realidad empresarial estos momentos de ruptura.

Pues bien, cuando intento aplicar esta metodología a la economía española encuentro un primer tema a definir: Algo tan sencillo como definir quién es responsable de qué, porque tengo para mí, que estamos asistiendo a una gran confusión de papeles. Y el problema es que esto nos lleva a la inacción en un momento en que la colaboración de todos de forma responsable es esencial.

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