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Apuntes desde la crisis: innovación

Crear una sociedad que sea capaz de ser competitiva no es un mero tema de responsabilidad de las Administraciones Públicas. Y, ello, no solo porque las medidas a tomar requieran la colaboración y el respaldo de toda la Sociedad. La exigencia es superior porque, si realmente queremos crear esta sociedad competitiva, junto al terreno de juego que exigimos que defina la Administración nosotros debemos comprometernos a jugar en él de una forma abierta, asumiendo responsabilidades y jugando el papel que se nos supone que debemos jugar.

También aquí tiene sentido que analicemos nuestro papel y nuestras actitudes. Y para ello comenzaré con algunos conceptos básicos sobre el papel de las empresas y los empresarios en este nuevo marco.

Los empresarios y las empresas en este contexto, lógicamente, tienen la responsabilidad de definir su actividad, su modelo de negocio, elegir la(s) ubicación(es) geográfica(s) de su actividad y proponer un proyecto que atraiga al mejor talento. Esto es así siempre, incluso (o especialmente) en momentos de crisis.

Pero en esta definición, el empresario no debe pedir (mendigar) ayudas de la administración, sino exigirle un entorno que propicie, sin preferencias, una actividad competitiva, abierta y estable.

La traducción de estos principios significa que nuestras empresas deben afrontar la realidad de una competencia en un mercado que es el mundo. Para ello, el empresario necesita tener un marco flexible que le permita responder a los retos de sus competidores.

Pero esta exigencia debe ser consistente y coherente. No debe haber diferentes varas de medir. La flexibilización debe darse en los mercados de oferta y de demanda.

Es más, por razones de coherencia, practicidad y pulso competitivo, se debe requerir, con tanto o más énfasis, la liberalización de mercados de demanda (por ejemplo, el sector servicios) que de los de oferta (por ejemplo, en los mercados de trabajo). Posiciones parciales en este esquema son entendibles, pero deben ser rechazadas con vigor.

Los empresarios no deben pedir ayudas, sino exigir un marco claro y diáfano que asegure una limpia competitividad, sin favoritismos (derivados de razones políticas o de mantenimiento de statu quo) que generen apoyos opacos a posiciones competitivas de empresas y/o sectores.

Un marco estable, que permita tomar decisiones consistentes en el tiempo, lo que es especialmente importante a medida que se consideren sectores más intensivos en capital económico o capital humano de alta especialización. Este es el marco que se debe exigir y estas son las responsabilidades que se deben asumir.

Y en este contexto, los retos para nuestras empresas son múltiples y cada cual tiene que entender y manejar su casa. Pero hay tres temas que afectan a todos de manera generalizada:

  1. La internalización como respuesta a la globalización: España como país no se ha comportado mal desde el punto de vista exportador. De hecho, en la última década, en la que con la entrada de China ha habido una caída de cuota de mercado generalizada de los países desarrollados, España junto con Alemania han sido de los pocos países que han sido capaces de mantener su cuota.

    Pero este comportamiento ha estado concentrado en pocas empresas (solo el 1.2% del total de empresas realizaron regularmente operaciones de exportaciones entre 1997-2002; 13% del total de empresas industriales). Es el comportamiento bimodal tan clásico de muchos aspectos de la economía y de la sociedad española.

    El reto es importante. Todos los esfuerzos serán pocos. Y hay un gran peligro a evitar, y es que defendamos proyectos empresariales chatos, de competitividad geográfica limitada al abrigo de disposiciones locales que con poca visión defiendan a los de aquí.

  2. La segunda es la innovación como consecuencia del desarrollo de nuevas tecnologías. A mí no me suele gustar mucho hablar de innovación porque como dice un amigo mío, da la impresión que su permanente referencia le hace cumplir el mismo papel que antiguamente tenían los santos, cuando se les sacaba de procesión para pedir lluvia.
    • Cuando hablemos de innovación, evitemos la visión mítica y heroica de la innovación. La innovación es diferenciación, pero no es heroica sino rutinaria. La innovación en el 99,9% de los casos no es un suceso sino un proceso. Las visiones míticas descentran y solo conducen a la melancolía.
    • Por tanto, no me gusta que concentremos la visión de la innovación exclusivamente en nuevos sectores (que es importante), sino en la excelencia y evolución en los que hoy somos competitivos y tienen futuro. La vida es evolución.
    • Siempre hemos innovado. Lo que ocurre es que hoy hemos de hacerlo más rápido y más apoyados en el desarrollo tecnológico. Por ello es cada vez más importante que consigamos sinergias empresas / Parques / Universidad. Pero cuando veo la situación actual creo que hay un déficit de proactividad en este esquema por parte del empresariado. Si me permitís la expresión, esto es demasiado importante como para dejarlo solo en manos de los investigadores. Y creo que echar la responsabilidad única a la Universidad de este déficit creo que es muy parcial. Y echar la culpa a la falta de financiación es falaz.
  3. El tercer punto, que condiciona los dos anteriores es el minifundismo de la empresa española. La empresa española tiene una estructura que, además de hacerla vulnerable en momentos de crisis, no tiene tamaño crítico suficiente para enfrentarse a los restos de la internacionalización y los requerimientos de la evolución tecnológica.

    Hay muchas razones para explicar este minifundismo, entre ellas las de la estructura sectorial de la economía española. Pero también creo que aquí podemos y debemos ser autocríticos. En muchos casos, y basados en los personalismos, se esconde falta de ambición en los proyectos que requieren tamaños superiores. Mirando al pasado, las consecuencias no eran muy importantes más allá de esa falta de ambición. Mirando al futuro estas actitudes pueden poner en cuestión la supervivencia de los proyectos en sí mismos.

De cómo se afronten y se gestionen estos retos dependerá el futuro del tejido empresarial español y, a la postre, el futuro del conjunto de la economía.