La evolución interna de la desigualdad (II)

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Comenzar por Estados Unidos tiene evidentes ventajas. En primer lugar, la calidad y cantidad de los datos de que disponemos (¡qué suerte hablar de hechos y no de impresiones!).

En segundo lugar, nos acerca a las líneas básicas (si bien con matices) de un modelo bastante aplicable a los países anglosajones. Finalmente, nos permite enfrentarnos a temas que están siendo discutidos en ese país y que, con el tiempo, los tendremos en Europa encima de la mesa.

Por contra, el problema que tiene hablar de Estados Unidos es la tendencia a extrapolar las conclusiones a otros países, cuya realidad y comportamientos son muy distintos. Esta tendencia, tan común en nuestros medios de comunicación (y no sólo sobre este tema), la contrapondremos al dedicar un apartado específico a España y otro a Latinoamérica.

Podemos adelantar que, en las últimas décadas, Estados Unidos ha tenido un fuerte incremento de la desigualdad. Dentro de este incremento, la justificación fundamental ha estado en los grandes incrementos de renta de los segmentos con rentas más altas. A estos dos aspectos dedicaremos el próximo post.
No obstante, junto a lo anterior, también se están viendo tendencias complejas de desigualdad en el resto de la población, derivadas de la aparente incapacidad de la economía para crear puestos de trabajo de calidad, así como la sorprendente asincronía entre la oferta y la demanda que se está dando en el mercado laboral. A esto dedicaremos otro post específico.

Finalmente, en un tercer post, haremos una incursión sobre la población latina en Estados Unidos y su situación para enfrentarse al nuevo entorno.

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La evolución interna de la desigualdad

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Si en la anterior serie de post nos centrábamos en el análisis de la evolución de la desigualdad «entre» los distintos países y la evolución de la línea de pobreza en el mundo, en esta serie nos concentraremos en estudiar la evolución de la desigualdad «dentro» de los distintos países.

Tampoco aquí la tarea es fácil, dada la falta de homogeneidad estadística. Tener visiones globales comparables es muy complejo.

Es por ello por lo que estructuraré estos escritos en tres grandes apartados:

En el primero (que se trata en el presente post) pretendo dar una visión global. En el segundo, analizaremos los casos particulares de Estados Unidos, España y Latinoamérica. Finalmente, haré unas reflexiones globales sobre todo lo anterior.

Comenzando por la visión global, la información más completa que he encontrado es un reciente trabajo de la OCDE que, aunque extenso, es recomendable para los que tengan interés en profundizar en estos temas.

Los puntos fuertes de este documento se basan en que compara un grupo de países significativo (los miembros de la OCDE), lo hace con una perspectiva temporal amplia (las dos décadas que van desde mediados de los 80’s del pasado siglo hasta el comienzo de la crisis) y tiene un análisis muy interesante del papel redistributivo de los distintos Estados (en aquellos países de los que se disponen datos suficientemente desagregados).

Por su lado, aunque el trabajo hace un esfuerzo de recopilación de datos muy notable, hay ocasiones en las que resulta difícil hacer comparaciones entre países, dadas las limitaciones de información. En mis comentarios (y dado que no tengo pretensiones académicas), y preservando un rigor suficiente, sortearé algunas limitaciones metodológicas.

Con estas referencias, y a pesar de que los distintos países tienen realidades muy diversas, creo que las siguientes conclusiones globales nos pueden servir de base para posteriores análisis.

Desde el punto de vista de «mercado», es decir, de ingresos brutos, resulta claro que en las dos décadas analizadas ha habido, en términos generales, un incremento de la desigualdad. Así, por ejemplo, en las dos décadas analizadas en este trabajo, el incremento de ingresos de los individuos que pertenecen al colectivo del 10% con las rentas más altas, tuvieron un incremento medio anual (1,9%) superior a la media (1,7%) y al colectivo del 10% con las rentas más bajas (1,3%).

A similares conclusiones se llega analizando otro tipo de indicadores (concentración del total ingreso en el colectivo del 1% con rentas más altas) o ratios (relación de rentas entre las personas con mayores y menores ingresos).

Pero dentro de esta visión general habría que distinguir:

  1. Comportamientos muy diferentes entre países. En concreto, se pueden diferenciar tres grupos.
    • En primer lugar, los anglosajones que partiendo de altos niveles de desigualdad, registran fuertes incrementos en el período contemplado.
    • En segundo, los países nórdicos Europeos que partiendo de posiciones muy igualitarias tienen crecimientos de desigualdad relevantes.
    • Y, en tercer lugar, países con escasos o nulos incrementos de desigualdad (España y Francia son buenos ejemplos de este grupo)
  2. Los mayores crecimientos de desigualdad se dan en el período 1987 – 1997. La desigualdad en la siguiente década crece a ritmos más bajos.

    Al análisis de las razones de estos cambios, les dedicaremos escritos específicos, baste decir ahora que de acuerdo con trabajos de la OCDE y del FMI, parece claro que la globalización tiene un valor explicativo muy bajo. El progreso tecnológico, por su lado, sí parece que tiene mayor significación.

Ahora bien, a partir de esta situación, y con el fin de calcular la desigualdad final real, debe tenerse en consideración el papel redistributivo de los Estados.

Como visión general, cabe decir que los sistemas redistribuidos se incrementan en las dos décadas analizadas, aunque no lo suficiente como para compensar las desigualdades originadas por el mercado. Así, por ejemplo, los ingresos de los Estados pasaron de representar el 26% del PIB a un 33%, mientras que los gastos en servicios sociales evolucionaron desde el 17,1% al 20,1% en el período.

El papel redistributivo de los Estados lo podemos dividir en dos grandes capítulos. Por un lado las transferencias de caja y, por otro, los servicios sociales.

Las transferencias de caja son, típicamente, los impuestos y los ingresos que reciben los individuos del Estado. Son, por decirlo así, movimientos de caja (en uno u otro sentido) personalizados.

En las dos décadas analizadas puede verse que el nivel de desigualdad después de las transferencias de caja crece en montos similares en cada una de ellas, pero ello es debido a que en la segunda década, aunque las «desigualdades de mercado crecen menos», el papel redistributivo del Estado es menor. Esto puede verse en el siguiente cuadro:

Notas: (C) = 100 – (B) / (A)

  • Nótese, que el factor corrector, fue superior a mediados de la primera década del siglo, que a mediados de los 80’s del siglo pasado.
  • Estos cálculos hacen referencia únicamente a los doce países miembros de la OCDE para lo que existen datos. Posteriormente, haremos comparaciones no exactamente homogéneas con otros grupo de países (lo indicaré en cada caso)

La segunda fuente de redistribución de los Estados se da a través de la prestación de servicios sociales. Aquí, típicamente se incluyen los servicios de educación, sanitarios, tercera edad, políticas sociales de vivienda… donde existen prácticas muy diferentes en los distintos países. La valoración de estos servicios se hace a precio de coste.

Para el conjunto de países, estas transferencias incrementan el ingreso de un hogar medio en un 30%. Lógicamente, su impacto, en términos porcentuales, es muy superior en los segmentos con bajos ingresos que en los de altos.

Es por ello, que teniendo una gran influencia en los índices de Gini (reducen un 19% el índice de desigualdad), lo tienen mucho más en los ratios que comparan los ingresos de los hogares con mayores ingresos respecto a los de los menores (índices que se reducen en casi un tercio).

Desafortunadamente, solo se tienen comparaciones históricas del impacto de los servicios sociales para el período 2000-2007 (y para 17 países de la OCDE). En este período el impacto en el índice de Gini se mantiene en una reducción del entorno del 19%. La evolución puede verse en el siguiente cuadro:

En definitiva, y a modo de resumen, señalaría los siguientes aspectos:

  1. El nivel de desigualdad de los ingresos por efecto mercado, creció fuertemente en las dos décadas analizadas. Medido por el índice de Gini, pasó del 36,2% al 39,8% (creció casi un 10%).
  2. Las operaciones de caja del Estado (impuestos más transferencias) atemperaron este incremento de desigualdad, pero no lo suficiente como para compensarlo. El índice de Gini, después de impuestos y transferencias, pasó del 26,7% al 28,3% (creció casi un 6%).
  3. En todo caso, destacar que el factor de corrección de las operaciones de caja, reducía la desigualdad del mercado en casi un 30% a mediados de la década pasada (descenso del índice de Gini desde el 39,8% al 28,3%), corrección que era inferior a la existente a mediados de los 90’s, pero superior a la que existía a mediados de los 80’s.
  4. El papel redistribuidor de los servicios sociales se mantuvo, para el período que tenemos referencia (2000-2007) en un 19% de reducción del índice de Gini, sobre las diferencias después de impuestos y transferencias de caja. El coeficiente de Gini, después de servicios sociales, se incremento en el período, desde el 23,5% al 24,4% (un 4,7%).
  5. Por países, esta es una representación significativa.
  6. Notas:

    • Por «cash disposable income» se entiende los ingresos de los hogares tras las transferencias de caja del Estado (impuestos y transferencias a familias).
    • Los «extended income» incluyen los servicios sociales.
    • El orden del gráfico está en función de los coeficientes de Gini de los «extended income».
  7. En definitiva, la principal razón del crecimiento de la desigualdad, en términos globales, ha sido el fuerte aumento de los ingresos brutos (efecto mercado), lo que, aunque se ha visto acompañado por un fuerte impacto redistributivo de los Estados, éste no ha compensado el efecto mercado.

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Conclusiones sobre globalización, desigualdad y riqueza

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El objetivo de esta serie de post, que terminan con el actual, era analizar la evolución de la desigualdad de riqueza entre países y regiones del mundo, así como la del nivel de pobreza en el planeta. Las conclusiones más relevantes, en mi opinión, han sido:

  1. El crecimiento del mundo a finales del siglo XIX y de gran parte del siglo XX (hasta la década de los 70’s), se caracterizó por crecimientos muy desiguales entre las distintas zonas del planeta. Esto dio lugar a un gran ensanchamiento de las diferencias entre países y, en consecuencia (y por este motivo), a un gran incremento de la desigualdad entre las personas, con grandes saltos en los índices de Gini y, más importante, un gran aumento (absoluto y relativo) de las personas que vivían por debajo de la línea de pobreza.
  2. Este modelo comienza a cambiar lenta pero consistentemente a partir de la década de los 70’s del siglo pasado. La desigualdad entre países comienza a disminuir. Esto coincide con el crecimiento del peso del Comercio Internacional que es el mejor proxy que tenemos hacía lo que podemos llamar la globalización.
  3. El punto anterior se hizo especialmente evidente en la última década del siglo pasado y en la primera del presente (hasta donde se tienen datos). En este período es evidente:
    • Una clara disminución de índices de Gini a nivel mundial, originados por el estrechamiento de la desigualdad “entre” países, ya que las diferencias “dentro” de los países empiezan a incrementarse (sobre este tema, realizaré una serie de post próximamente).
    • Y, más importante, una clara disminución del número de personas por debajo de la línea de la pobreza.
  4. El proceso anterior va más allá de la evolución estadística. De hecho, coincide con la aceleración del proceso de globalización, que claramente supone un cambio en los patrones de crecimiento en el mundo.

    Este cambio conlleva una aceleración de los crecimientos de países emergentes. Estos países muestran una resistencia muy superior en la crisis, están creciendo más en los momentos actuales y está previsto que incrementen su peso de forma significativa en esta década, hasta superar con claridad a los países desarrollados en la participación del PIB mundial.

  5. Sin embargo, hemos de constatar que lo anterior no está uniformemente repartido en el planeta. En términos de lucha contra la pobreza hay dos regiones que no están obteniendo buenos resultados.

    Por un lado, el Africa subsahariana con una combinación de factores que van desde la existencia de zonas no integradas en las dinámicas de la globalización, hasta factores políticos (estados fallidos), pasando por cuestiones étnicas. Aunque parece que en los últimos años hay factores que permiten vislumbrar alguna esperanza, no se puede decir que haya dinámicas decantadas.

    Por otro, el sur de Asia y muy en concreto India, que muestra un ejemplo de país con grandes resultados globales, pero con diferencias interiores muy notables como consecuencia de un entramado institucional insuficiente y factores específicos religioso – étnicos. El ejemplo de la India es paradigmático de los contrastes que nos está tocando ver. India, junto a una realidad como la arriba descrita, se ha incorporado al club de países donantes en ayuda al desarrollo.

    Por otro lado China muestra un ejemplo extraordinario de gran crecimiento que aunque está generando diferencias de clase notables, está siendo (y esto para mí es más importante en estos niveles de desarrollo) sumamente eficaz en la lucha contra la pobreza.

  6. Pero el gran crecimiento de los países emergentes, unido al deterioro de la situación de los países desarrollados tras la crisis financiera, está creando tensiones políticas y económicas.

    Desde el punto de vista económico, estas tensiones están generando propuestas proteccionistas, las cuales, de tener éxito, supondrían, por un lado, una pérdida de crecimiento potencial global y, además, rompería las posibilidades de crecimiento acelerado de los países emergentes.

    No me cabe duda que sería un gran freno a los progresos de la lucha contra la pobreza en el mundo, que a pesar de los avances realizados, sigue siendo intolerable.

Las tensiones proteccionistas no se dan exclusivamente en los países en desarrollo, pero me centraré en ellos porque, por un lado, son los principales protagonistas de comercio internacional, y por otro son el foco de generación de una nueva era de defensa del proteccionismo.

Cabe recordar que las tensiones proteccionistas han tenido, históricamente, su centro, como ya hemos visto, en la agricultura. La situación es tan evidente que ya se empiezan a levantar voces, incluso en Estados Unidos, dudando de la justificación de estos apoyos en épocas de crisis como la actual. No nos vendría mal una reflexión similar en Europa.

Pero, por el contrario, estas tensiones proteccionistas se están ampliando a otras esferas. También aquí Estados Unidos nos lleva la delantera (supongo que, como suele suceder, dentro de unos meses discutiremos los mismos temas en Europa). Hoy está de moda hablar del riesgo del outsourcing y de la necesidad de “reindustrializar” Estados Unidos, como medio para crear puestos de trabajo y generar una clase media potente que nos conduzca a los viejos buenos tiempos de una sociedad más igualitaria. (Sobre las críticas a estas posiciones por parte de la Administración Obama, recomiendo la lectura de un artículo de Jagdish Bhagwati con el título “Shame on you, Mr Obama, for pandering on trade“). En el Reino Unido también han tenido protagonismo voces similares en los últimos meses.

Sin perjuicio del componente utópico de lo anterior (que la reindustrialización cree en los países desarrollados clases medias como en el pasado) me parece que esta posición pierde el punto.

La pérdida de puestos en la Industria es una constante en Estados Unidos desde comienzos de los 80’s (de hecho, desde 1998 ha perdido casi seis millones de puestos de trabajo) y en el Reino Unido este sector representa hoy sólo el 8% del total empleo (era el 24% hace 30 años). Similares consideraciones se podían hacer para los países europeos. Pensar que esta tendencia puede ser revertida a través de medidas proteccionistas no parece estar muy fundamentado.

Si algo nos ha enseñado la historia de la economía es que los análisis estáticos no funcionan, que la economía como actividad humana debe ser analizada y promovida de forma dinámica. Y desde esa perspectiva, centrarse en el proteccionismo es creer en los juegos de suma cero, creer que el estancamiento es el estado natural de la economía, y eso, en el pasado, nos ha conducido a errores de bulto. Ojalá que no caigamos en esta ocasión de nuevo.

Porque lo que los países desarrollados deben pretender, no es repartirse de forma beneficiosa para ellos una tarta que está previamente fijada, sino ampliar la tarta, lo que será beneficioso para todos (y también será el mejor medio para luchar contra la pobreza en el mundo) y eso pasa por un gran esfuerzo para cambiar su ubicación competitiva en el mundo.

El objetivo no es sencillo, porque requiere revisar sus planes de estudios, reenfocar hacía carreras técnicas a los alumnos, apoyar inversiones en tecnología que mejoren la competitividad de sectores, promover la utilización de la tecnología de la información de forma amplia (no limitando el concepto de ésta a las aplicaciones de Internet), apuntalar el concepto de servicios anexos a la industria, promover flujos de inversión no limitados a un concepto de start-up que siendo importante, es un porcentaje muy escueto de la economía….. No son tareas sencillas, pero éstas son las medidas que debemos promover. Esta, sin duda, es la posición que debemos tomar (y no la defensiva y chata de la defensa del proteccionismo), porque crearía mayor riqueza para todos y permitiría una mayor equidad.

Por todo lo anterior, creo firmemente que luchar contra el proteccionismo es el mejor medio para defender la creación de riqueza en el mundo, y al mismo tiempo luchar contra las bolsas de pobreza en el planeta. Esta es una conclusión clave de esta serie de post.

Lógicamente, una posición como la aquí defendida, conllevará un crecimiento económico superior en los países emergentes, y un mayor protagonismo político de los mismos, lo que como cualquier proceso de cambio radical, no se va a producir sin tensiones. Pero son las tensiones necesarias en la evolución de un mundo más equitativo y sostenible.

Con esto terminaría mis conclusiones, pero no quiero finalizar sin fijar mi posición sobre un aspecto no tratado anteriormente: La ayuda al desarrollo.

Quiero comenzar por decir que no me sitúo en la corriente de pensamiento que está en contra de las ayudas, (la que entienden que es, incluso, un factor de retraso para el progreso de los países). Creo firmemente, que en el corto y en el medio plazo no tenemos alternativa al asistencialismo. Es por eso que valoro positivamente la línea de pensamiento y los esfuerzos que están haciendo asociaciones de distinto tipo en el mundo.

Dicho lo anterior, también creo que el asistencialismo tiene claras limitaciones y subproductos indeseados, prueba de ello es que personas tan poco sospechosas como Duncan Green defienda que las ayudas tendrían que tener marcos temporales acotados como lo tuvo el Plan Marshall ó la ayuda a Taiwan o Corea del Sur. A lo que habría que añadir controles estrictos no solo de los fondos, sino de los progresos institucionales.

Además, debemos reconocer que la lucha contra la pobreza desde el punto de vista asistencial, supone que los países ricos mantienen su posición de prevalencia. Ayudan mientras deciden ayudar, y además su ayuda es pro-cíclica.

Pongamos un ejemplo. El 19 de Diciembre del año 2007, los grupos políticos del Congreso Español firmaron de forma unánime, (tal vez la única unanimidad en toda la legislatura), el Pacto de Estado contra la Pobreza. En aquel tiempo (aunque para algunos ya era evidente la crisis) la clase política española estaba asentada en un gran optimismo económico y firmaron un pacto de gran “generosidad”. Cuatro años después, ¿alguien ha oído hablar de ese pacto? ¿Alguien piensa que hay alguna posibilidad de cumplirlo? ¿Hay, de hecho, en la opinión pública algún requerimiento para que se lleve a cabo? La respuesta es clarísimamente negativa a todas las preguntas. Y, en consecuencia, la pregunta es: ¿Podemos confiar solo en estos mecanismos para luchar contra la pobreza?.

Mi punto es que las ayudas no son el medio que va a sacar a los pueblos de la pobreza. Podrán jugar un papel complementario y acotado, pero no puede ser la base de nuestra estrategia. La base de nuestra estrategia debe ser la de permitir el acceso a las zonas preteridas del planeta, a una economía abierta, apoyándoles en su adaptación. Es el único camino que nos asegurará un futuro más sostenible para todos.

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Tensiones generadas

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Efectivamente, la distinta senda de crecimiento entre los países desarrollados y los emergentes ayuda a una mayor equidad en el mundo. En este sentido, la globalización, en aquellas áreas a las que ha llegado, ha supuesto una gran creación de riqueza y una base (necesaria, no suficiente, como hemos visto por los desempeños de las distintas regiones) para luchar con éxito contra la pobreza.

Pero este proceso está generando tensiones, tanto desde el punto de vista económico, como desde el político. Son las tensiones lógicas en un mundo que está asistiendo a un cambio en los equilibrios de poder.

Las tensiones económicas tienen su referencia principal en los desequilibrios de las balanzas de pago.  Con alguna excepción significativa, podríamos decir que en las últimas décadas hemos asistido a la conformación de un modelo de crecimiento en el que los países desarrollados están mostrando amplios déficit de cuenta corriente, mientras que los emergentes tienen grandes superávit. Esta situación, además de generar flujos financieros desequilibrados a nivel global, generan reacciones proteccionistas generalizadas.

Los países desarrollados se quejan de los niveles de los tipos de cambio, pidiendo revaluaciones de las monedas de los países emergentes que no permiten la flotación libre de sus divisas (el ejemplo más evidente es el remimbi). Estas denuncias (especialmente visibles a partir de la crisis) tienen especial fuerza en situaciones económicas precarias con altos niveles de desempleo.

Por su lado, los países en desarrollo concentran sus quejas en una doble esfera.

En primer lugar, en las políticas proteccionistas de los países desarrollados.

Algunas de estas quejas (bien documentadas por cierto) vienen de lejos y se centran en los aranceles y cupos de los países desarrollados en materia agropecuaria. No es de extrañar. Se ha calculado por parte del Banco Mundial que las barreras proteccionistas en estas mercancías por parte de los países desarrollados, tienen en el mundo emergente un impacto del orden de 150.000 millones de dólares. Los aranceles en agricultura suponen hoy un sobreprecio del 60% en Japón, un 40% en Europa y 20% en USA.

En segundo lugar, y ya más desde un punto de vista financiero, los países emergentes se quejan de las políticas monetarias expansivas americanas (quantitative easing) que -argumentan- llenan el mundo de dólares con la pretensión de devaluar la moneda creando, además, una fuerte inestabilidad.

Es lo que conocemos como la guerra de divisas que de vez en cuando aparece y desaparece de los medios de comunicación, como si fuesen fenómenos discretos y puntuales, pero que, en realidad, es un debate de fondo que nos va a acompañar durante mucho tiempo.

Lo peor de estas discusiones, es que están despertando movimientos proteccionistas en todos los países. Sería muy malo para el mundo que triunfasen, porque supondría una caída inmediata del potencial de crecimiento global.

La plasmación de estas tensiones es la incapacidad de los países en cerrar con acuerdos la Ronda de Doha (acuerdos de Libre comercio).

La Ronda de Doha, lanzada tras la creación de la OMC (Organización Mundial del Comercio), nos sirve también como ejemplo de la mayor complejidad de gestión política en el mundo. La ronda de Doha está siendo mucho más compleja que, p.e., la de Uruguay porque en esta negociación se contemplan más productos, (y servicios) pero sobre todo porque se han incorporado nuevos países (en desarrollo, todos ellos) que quieren hacer valer su voz con posiciones mucho más firmes.

Pero no es el único ejemplo de tensiones en el reparto de poder a nivel mundial. Pensemos en las dinámicas que hemos visto en las reuniones del cambio climático, o la “insólita pretensión” de que un mexicano dispute a una europea la gerencia del Fondo Monetario Internacional, por no hablar del decadente peso del G-7 (pasado por arriba por el G-20, o por abajo por el G-2 que propuso el Presidente Obama en su primer viaje a China).

Son los nuevos tiempos en los que son perfectamente entendibles todas las posturas, pero no nos hemos de olvidar que cuando tratamos sobre estas tensiones, estamos hablando también del reparto de la riqueza en el mundo, y de la evolución de la pobreza en el planeta. No son discusiones inconexas. Sobre este tema versará mi siguiente post, que será el último de esta serie.

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Qué le pediría a la reforma financiera

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Aunque mi foco de atención, como es obvio por mis escritos en este blog, está en otro sitio, no puedo evitar la tentación de hacer una referencia a la reforma del Sistema Financiero Español. Y no lo hago con el fin de opinar sobre las características del Decreto aprobado en los días pasados, sino con el propósito de dar mi punto de vista sobre los objetivos que se deben (y pueden) perseguir en una reforma de este tipo.

Para ello, debemos recordar que la crisis que estamos viviendo es ante todo, una crisis de sobreendeudamiento. Sabemos, por los trabajos históricos, que este tipo de crisis, es el tipo de crisis más larga y penosa. Y eso es así porque, para su salida, exige un fuerte proceso de desapalancamiento hasta encontrar un nuevo punto de equilibrio a partir del cual pueda empujarse de nuevo el crecimiento.

McKinsey acaba de publicar un documento muy interesante, sobre la evolución del desapalancamiento en el mundo desde el año 2007. En él se muestran que con excepción de USA, Australia y Corea, ningún país desarrollado ha tenido un desapalancamiento significativo en lo que llevamos de crisis.

Es más, el estudio concentra su foco en Estados Unidos, Reino Unido y España, para concluir que en nuestro país, el nivel de endeudamiento se ha incrementado fuertemente desde el comienzo de la crisis.

Y esto es así, porque junto a una notable expansión de nuestra deuda pública, ha habido un escueto decrecimiento del endeudamiento en el sector privado medido en relación con el PIB.

Con esta referencia, debemos concluir que una reforma del sistema Financiero en nuestro país, no va a traer un crecimiento del crédito (por mucho que se proclame desde todas las instancias), sino que debemos ser más realistas y precisos en nuestros objetivos.

Los objetivos que, en mi opinión, debemos perseguir, con la reforma del sistema financiero, son básicamente tres:

  • Fortalecimiento de las entidades, desde un punto de vista financiero (haciendo aflorar posibles pérdidas y exigiendo aumentos de capital) y de gestión (propiciando la depuración de sobrecapacidad y asegurando la existencia de un governance y un equipo de gestión profesionalizado).
  • Una asignación más eficiente del crédito, porque un valor correcto de los activos y la consiguiente capitalización, liberará fondos y capacidad de préstamo (anteriormente dedicados a financiar activos improductivos) que podrían ser destinados a empresas viables y con futuro.

    Esto es muy importante también para las entidades financieras. Primero, porque si no se toman esas medidas se ven conducidas a una creciente selección adversa en sus carteras. Segundo, porque es requisito necesario para poder acompañar el crecimiento económico, cuando éste tenga lugar.

  • En tercer lugar, la mejora de la visibilidad de las entidades, redundará en una mayor credibilidad del país, con la consiguiente reducción del funding, que debe ser un objetivo prioritario en el corto plazo.

Si esta reforma consigue estos objetivos (o al menos contribuye de forma significativa) será un éxito, aunque el volumen total de crédito en los próximos meses, disminuya.

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Globalizacion y riqueza

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Con anterioridad a lo que llamamos crisis, en el mundo se estaba generando un proceso de cambio radical. Proceso que, en mi opinión, tenía -y tiene- dos factores básicos de propulsión. La tecnología y el libre comercio.

No es el momento de teorizar sobre la influencia de la tecnología, pero sí señalar que la tecnología de la información ha cambiado la forma de hacer negocios, a través de su capacidad de transmitir de forma eficiente y rápida cualquier tipo de información (voz, datos, imágenes) a cualquier parte del mundo.

Pero este cambio de la tecnología no hubiera tenido los impactos tan extraordinarios que se han derivado, si no se hubiese visto acompañado por una decisión política. El libre comercio, que tuvo su plasmación en la creación de la OMC en los años 90’s.

La combinación de ambos factores es lo que da lugar a la globalización. La combinación de tecnología y libre comercio ha tenido efectos radicales tanto a nivel micro como a nivel macroeconómico.

A nivel microeconómico, no solo porque ha influido en todas las variables de gestión de las empresas, sino sobre todo porque ha supuesto un gran cambio en las formas de competir. Esto ya es evidente, desde hace años, en bastantes sectores industriales, en los que se han producido fuertes rupturas de las cadenas de valor funcionales y geográficas.
Y estamos en los albores de una revolución de gran tamaño en el mundo de los Servicios.

Estos movimientos presentan retos importantes, pero también oportunidades para los países o empresas que entiendan las nuevas dinámicas. Estos movimientos generan ganadores y perdedores. Y dentro de los ganadores tenemos, sin duda, a los países emergentes, como especiales beneficiados del movimiento de globalización, lo cual ha sido evidente en la crisis financiera. Esta crisis financiera que ha sido la más global, ha sido también la primera en la que los países en desarrollo están saliendo mejor parados que los desarrollados.

Si se toma el período que va desde el comienzo de la crisis (4T 2007) a los últimos datos disponibles (3T 2011), puede observarse que mientras China creció su PIB en un 40% en el período, India casi un 30% y Brasil creció en un 13%; las economías desarrolladas o se estancaron o decrecieron, con la única excepción de Canadá. Canadá es el único de los países desarrollados tiene a comienzos del 2012 un PIB (medido en términos reales) superior al que tenía en 2007.

Y esto se veía venir, no solo por los cambios originados por la globalización a los que antes hice referencia, sino por las políticas ortodoxas que los países emergentes siguieron tras la crisis de finales del pasado siglo, con la excepción de algunos países del Este de Europa que son los que, ahora, más están sintiendo la crisis financiera.

En el futuro próximo, y a pesar de que las previsiones se han modificado a la baja, los países emergentes crecerán bien por encima del 5%, mientras que los desarrollados, lo harán bien por debajo del 2%.

Personalmente, no creo que un decoupling radical sea posible, dados los canales de transmisión de la economía mundial pero sí creo que el diferente brío entre los países emergentes y los desarrollados es muy sostenible. De hecho, para el año 2020, se espera que los seis países emergentes dupliquen su peso en el PIB mundial hasta representar el 50%, mientras que los desarrollados (USA + Europa + Japón) que hoy suponen la mitad de la renta mundial, verán disminuir su aportación hasta un 35%.

Y es que si uno toma una cierta perspectiva, es lógico que este fenómeno se produzca, porque, p.e., nos impresiona mucho el crecimiento de China, pero si lo medimos en términos de renta per cápita, China es hoy el 20% de la renta de Estados Unidos. China hoy tiene los niveles de renta per cápita que son los que Japón tenía en los 50’s del siglo pasado. E India tiene el 50% de renta per cápita de China.

O visto desde otra perspectiva, el 50% del PIB mundial está en manos de 1000 millones de personas, mientras el otro 50% se reparte en los otros 6000 millones.

Lógicamente este proceso de transformación no se va a dar sin tensiones económicas y políticas. Sobre ellas, trataremos en el siguiente post.

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Interludio

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En los post anteriores, he recogido información muy descriptiva sobre la evolución de la pobreza en el planeta.

Como es lógico, esta reflexión nos ha conducido al análisis de la evolución de la desigualdad entre los distintos países. Este cambio (positivo), sin embargo, no debe valorarse como una mera evolución estadística, sino que responde a una modificación de la lógica de la actividad económica en el mundo, la cual nos está conduciendo a una evidente modificación de la estructura regional mundial de la riqueza.

Esta evolución, creo que todos estaremos de acuerdo, es una condición necesaria (no suficiente) para la disminución de la pobreza a nivel global.

Aunque he escrito anteriormente sobre este último tema, me gustaría, en los próximos escritos, recordar, en primer lugar, los grandes cambios que se están produciendo en el mundo, que eran ya visibles mucho antes de la crisis, para reflexionar a continuación sobre las tensiones que estos cambios están generando entre países desarrollados y emergentes.

Mi intención será correlacionar estos cambios y las tensiones de ellos derivadas, con la lucha contra la pobreza en el mundo.

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Sobre la desigualdad de la riqueza (IV): China

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El modelo chino de crecimiento en las últimas décadas ha sido –y está siendo- muy peculiar. Y esto es así desde la perspectiva política, hasta su singular conformación de los vectores de desarrollo (exportación e inversión), pasando por la gestión de la dualidad campo-ciudad.

Estas peculiaridades conllevan cuellos de botella de los que las autoridades chinas son conscientes, como quedó en evidencia en la famosa frase de Wen Jiabao, que sirvió de base para la preparación psicológica para el duodécimo Plan Quinquenal, y en la que definía la economía china como «unstable, unbalanced, uncoordinated and ultimately unsustainable».

Pero si en algo creo que todos debemos estar de acuerdo, es en la capacidad que ha tenido China para crear una enorme riqueza en un periodo muy corto de tiempo, con un formidable impacto en la situación de sus habitantes.

De hecho, es una muestra evidente de un desarrollo que ha conseguido, por un lado, cercenar la pobreza como ninguna otra región del planeta, generando, al mismo tiempo, un radical incremento de la desigualdad.

En los medios occidentales, es común leer y oír sobre el «problema» de la creciente desigualdad en China.

Cuando uno va a China percibe claramente (tan claramente que parece una consigna), la preocupación generalizada por la creciente desigualdad entre los habitantes del país. Y no debe extrañar, porque su índice de Gini ha tenido un crecimiento espectacular en las últimas décadas, hasta situarse por encima del de Estados Unidos.

Pero creo que a efectos del impacto real en la calidad de la vida de su población, es mucho más importante otro fenómeno, del que en Occidente se habla mucho menos, y es la espectacular reducción de los niveles de pobreza en el país.

Para valorar la magnitud de este fenómeno, en el siguiente cuadro se recoge la evolución del número de personas que viven por debajo de la línea de pobreza (entendida como 1,25 $ por día), comparando esta evolución con el otro país emergente de referencia en Asia: India.

1981 1990 1996 2005
% % % %
INDIA
Valor absoluto (1) 421 436 442 456
% (2) 59,8 51,3 46,6 41,6
CHINA
Valor absoluto (1) 835 683 443 208
% (2) 84 60,2 36,4 15,9
(1) Número de personas que viven por debajo del umbral de la pobreza. En millones de personas.
(2) Porcentaje sobre el total de población.

Por cierto, esta no es la única gran diferencia entre China e India. Para profundizar en este punto, recomiendo la lectura de un artículo muy interesante de Joseph S. Nye que publicó en el País el año pasado.

En definitiva, China ha creado una gran riqueza en las últimas décadas. Esta riqueza ha dado lugar a una extraordinaria reducción de la pobreza, aunque haya significado un fuerte crecimiento de la desigualdad. La velocidad del proceso le da a China la característica de ser casi «un laboratorio», cuyas conclusiones generan materia de reflexión para todos.

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Sobre la desigualdad de la riqueza (III)

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Avanzaba en el post anterior que mi propósito iba a ser profundizar en la evolución del número de personas que viven en el planeta por debajo de la pobreza extrema.

He de señalar en primer lugar, que hay una fuerte diversidad de metodologías para realizar estos cálculos (en el anexo de este post se hace una referencia específica) que dan lugar a distintos cálculos sobre el valor absoluto del número de personas que pueden considerarse que viven en situación de pobreza extrema. Lo que todas las metodologías coinciden es en que hay una clara disminución de la pobreza en el mundo en el período 1980-2005 y, en especial, en la segunda parte de ese período.

Entre los distintos trabajos, voy a seguir el de Shao Hua Cen y Martin Revellion, en su versión revisada porque creo que permite unas claras conclusiones operativas.

Estos autores calculan que el número de pobres en el mundo descendió en el período 1980-2005 de 1900 a 1400 millones de personas (en términos porcentuales sobre la población de los países en desarrollo la caída fue muy pronunciada, cayendo del 50% al 25%).

En realidad, esta evolución marca una reducción anual de más del 1% desde el año 90 y pone al mundo en la línea de conseguir los objetivos del milenio (en 1990 se marcó como objetivo, reducir la pobreza en un 50% para el año 2015).

Pero un análisis más pormenorizado por regiones en el mundo, pone de relieve comportamientos muy diferentes. De hecho,

  • Gran parte de la justificación de la caída de los niveles de pobreza en el mundo está en China. En 1981 se estimaba que en China había 835 millones de personas viviendo por debajo de la línea de pobreza (el 84% de la población), mientras que en el 2005 el número se había reducido a los 208 millones (el 15,9% de la población). China se adelantó en casi 15 años al cumplimiento de los objetivos del milenio.
  • Latinoamérica también tiene un buen comportamiento (tras las «décadas perdidas»), en el período 1996-2005 (reducción en más de seis millones en el número de pobres, hasta situar su porcentaje en el 8,2% de la población). Pero no se debe olvidar que, a pesar de esas caídas, el número de pobres en Latinoamérica en el año 2005 (46 millones de personas) era superior al que había en 1981 (42 millones).
  • Por otro lado, resulta decepcionante la evolución del Sur de Asia y, en concreto, India. En India, a pesar de su crecimiento en ciertas regiones y actividades, había en el 2005, 456 millones de personas por debajo del nivel de pobreza (un 41,6% de la población). Aunque el porcentaje de población que vive por debajo del nivel de pobreza ha caído en el periodo analizado (desde el 59,8% al 41,6%), la evolución de la población hace que el número de personas que viven por debajo del umbral, siga aumentando. (En 1981 se estimaba que eran 421).
  • Finalmente, señalar el Africa Subsahariana, donde los progresos son muy escuetos tanto en términos porcentuales (el porcentaje de población por debajo de la línea de pobreza está en un 50%) como en términos absolutos (cuya cifra no para de subir).
  • A modo de resumen, y poniendo todas estas cifras juntas, puede tenerse una visión global en el siguiente cuadro, donde puede observarse que la Iucha contra la pobreza a nivel global empieza a tener resultados significativos a partir de la última década del siglo pasado, tanto en términos absolutos como en términos relativos, coincidiendo con el despertar de los países emergentes.

    AÑO
    Nº pers. con menos de 1,25$/día (a)
    % S/Total Población Países no Desarrollados
    % S/Total Población Mundial
    1981
    1896
    51,8
    42,8
    1990
    1813
    41,6
    34,4
    1996
    1656
    34,4
    28,6
    2005
    1377
    25,5
    21,3

    (a) En Millones de personas

    Dentro de estas cifras se esconde un extraordinario comportamiento de China (al que dedicaremos el siguiente post), un decepcionante comportamiento de India (y en general del Sur de Asia) y un peligroso estancamiento del Africa Subsahariana (aunque sean visibles, en los últimos años, una mejora en algunos países, que puede dar lugar a una cierta visión optimista como la que se recoge en el tratamiento que The Economist da recientemente a la región.

    En todo caso, téngase en cuenta que estamos hablando de poblaciones muy sensibles a cualquier tipo de «shock». Dado que los datos con que contamos tienen un considerable retraso, no sabemos el efecto que durante estos años habrá tenido el impacto (positivo) del crecimiento de los países emergentes y el (negativo) de las crisis de los precios alimenticios o la crisis financiera

    P.D. Las distintas metodologías dan lugar a cálculos muy diferentes en términos del número de personas que viven por debajo de la línea de pobreza.

    Para un resumen del resultado de las diversas metodologías puede consultarse por ejemplo, dos excelentes libros, el de Guillermo de la Dehesa o el de Pankaj Ghemawat.

    Incluso el trabajo que hemos seguido, comienza por una justificación del cambio de resultados por modificación de la metodología respecto a trabajos anteriores, cambios que son significativos en términos absolutos.

    Los que sí es cierto, es que todas las metodologías muestran tendencias similares de reducción de la pobreza en el mundo, y esto será el punto fundamental de argumentación en el resumen que haré de conclusiones.

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Sobre la desigualdad de la riqueza (II)

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En el primer capítulo que anunciaba en mi post anterior, se pueden diferenciar dos aspectos. En primer lugar, los niveles de desigualdad entre países en el mundo, y en segundo lugar, la evolución del número de personas por debajo de la línea de pobreza. Hoy me centraré en el primer punto.

A modo de conclusión, que posteriormente pretenderé justificar, se puede decir que el siglo XX fue un siglo de extraordinaria creación de riqueza a nivel mundial.

Una creación de riqueza que en la primera parte del siglo, se dio con un modelo de crecimiento que supuso un gran aumento de la desigualdad entre personas, propulsado por una creciente desigualdad entre países que comenzó en el siglo XIX, y continuó en toda la primera mitad del siglo XX.

Este modelo de crecimiento comienza a variar en la segunda parte del siglo XX, con una (lenta pero) evidente disminución de la desigualdad, propulsada por una convergencia entre países.

Este nuevo modelo (en el que todavía hoy estamos instalados) muestra una disminución de las diferencias a nivel mundial de riqueza entre personas como consecuencia de una convergencia entre países, (a pesar de que se está produciendo una mayor desigualdad en el interior de los distintos países). Justo lo contrario de lo que ocurrió en la primera mitad del siglo XX.

Conviene señalar que esta convergencia entre países se produce a partir de la década de los 60’s del siglo pasado, que fue el momento en el que comenzó a despegar el peso del comercio exterior en el PIB mundial, que suele considerarse como la principal referencia del movimiento conocido como globalización, contradiciendo la argumentación de que la globalización conlleva el incremento de diferencias de riqueza entre países.

Justifiquemos con algunos datos las afirmaciones anteriores.

El S.XX fue un siglo de fuerte creación de riqueza mundial. De hecho, aunque la población más que se triplicó, la renta por habitante en el mundo creció 3,5 veces más que en el conjunto de los diecinueve siglos anteriores. Pero fue un crecimiento que dio lugar a una fuerte desigualdad, en línea con la que era visible ya en el siglo XIX.

En éste y en posteriores post utilizaremos el coeficiente o índice de Gini para analizar la evolución de la igualdad o desigualdad de ingresos o riqueza. El índice de Gini, en síntesis, es un baremo que va desde el cero (máximo nivel de igualdad) al 1 (máximo nivel de desigualdad). Se suele utilizar en términos porcentuales con idéntico significado.

Pues bien, en el periodo 1820-1950 el modelo de crecimiento mundial dio lugar a:

  1. Un fortísimo crecimiento de la desigualdad. En el período, el índice de Gini creció más del 50% en el mundo (pasando del 43% al 64%).
  2. Esta desigualdad, tuvo su origen en una creciente diferenciación entre países. De hecho, al comienzo del periodo las diferencias entre personas en el mundo se justificaban en un 65% por las deferencias observables en los distintos países (diferencias de clase, por simplificar).Por el contrario, al final del período, el 85% de la diferencia se justificaba por las enormes distancias entre los distintos países, coincidiendo con la época de colonialismo.

Este modelo de desarrollo empieza a cambiar en la segunda parte del s. XX (y sobre todo en el último cuarto del mismo) comenzando un cierto proceso de convergencia. Lo destacable es que este proceso de convergencia tiene su origen en la convergencia de los países, porque dentro de los mismos, empieza a ser visible una tendencia a la desigualdad (que examinaremos en el próximo capítulo).

Una visión muy gráfica de esta evolución puede observarse en la siguiente tabla (fuuente: Pankaj Ghemawat).

Desigualdad entre países

Con esta visión general en el próximo post nos adentraremos en la evolución del número de personas que viven por debajo de los niveles de pobreza extrema en nuestro planeta.

Adelanto que tendremos una buena noticia, y es que el número de personas por debajo del nivel de pobreza en el mundo disminuyó en la última parte del siglo pasado y comienzos del presente.

Y también una mala, y es que todavía el nivel de pobreza en el planeta es intolerable y que, además, se concentra cada vez más en regiones específicas (el sur de Asia y el África Subsahariana).

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Blog desarrollado y mantenido por José Ignacio Goirigolzarri, con la colaboración del Grupo Cooperativo de las Indias.